miércoles, 22 de mayo de 2013

MARIA GABRIELA LLANSOL - ATALAIRE






 
Atalaire es el nom de plume del tándem de traductores formado por Mercedes Fernández Cuesta y Mario Grande (socios de acett) desde 1998. Sus traducciones publicadas del francés, inglés, italiano y portugués al castellano se acercan a las trescientas. Entre ellas, Memorias de Guerra, de Charles De Gaulle (La Esfera de los Libros) y Regreso a África, de Valérie Dayre (Alfaguara), ambas del francés; El hombre que quiso entrar en Auschwitz, de Denis Avey (Temas de hoy) y El castillo soñado, de Dodie Smith (Salamandra), ambas del inglés; El bosque-raíz-laberinto, de Italo Calvino (Siruela) y Las noches difíciles, de Dino Buzzati (Acantilado), ambas del italiano; El Ateneo, de Raúl Pompeya (Gallo Nero) y La mentira sagrada, de Manuel Rocha (Suma de Letras), ambas del portugués.

Desde 2008 Atalaire es miembro de Espaço Llansol, Asociación de Estudios Llansolianos, radicada en Sintra.
 
Maria Gabriela Llansol (1931-2008), escritora portuguesa, exiliada durante la dictadura salazarista, dos veces ganadora del Premio de la Asociación de Escritores Portugueses (1991, 2005). Autora de más de una  veintena de obras que componen una de las tres grandes cosmogonías en lengua portuguesa, junto con Os Lusîadas de Camôes y Mensagem de Pessoa, al decir de algunos críticos. Traductora de Verlaine, Rimbaud, Apollinaire, Éluard, Baudelaire y Rilke al portugués.

El Libro de las Comunidades trata de la gestación de la comunidad de rebeldes a partir de la voluntad creadora de la mujer que no consigue separar lectura de escritura, que atiende a la petición de Thomas Münzer para escribir, que habla en san Juan de la Cruz para expresar lo inefable y que hablará en Nietzsche para romper el tiempo. Comunidad de rebeldes que partirá al exilio tras la derrota en la batalla de Fankenhausen (1525).


        

EL LIBRO DE LAS COMUNIDADES

Maria Gabriela Llansol

Traducción del portugués: Atalaire

(Publicado por Vision Net, 2005)

Lugar 1 ¾

en ese lugar había una mujer que no quería tener hijos de su vientre. Pedía a los hombres que le trajesen los hijos de sus mujeres para educarlos en una gran casa de una solo cuarto y una sola ventana; usaba un chal negro pegado a la cara; tenía una manera distante de hacer el amor: con los ojos y con la palabra. También a través del tiempo, pues desde los tiempos de su bisabuela, siempre era posible regresar a cualquier época. Al moverse, a veces miraba con fijeza a un sitio       el más hermoso de su casa       toda la casa       porque toda la casa era hermosa y comenzaba con esa mirada ora el tiempo de los niños ora el tiempo de los hombres. Mujeres no había más, aparte de ella, y nunca pasaban de la entrada, que daba a la tierra, tierra de jardín donde se podían dar paseos. Los hombres se quedaban contentos porque ella decía todas las veces no eres tú quien me importas, es el siguiente. Así se aseguraban de que, un momento antes, habían sido el próximo. Se sentaba en su cuarto(en todas partes) y se daba la palabra con el dedo índice ligeramente curvado como si se sirviera un aperitivo o un pescado. Nunca pensaba que tal vez se situase en el fragmento de un astro frío o que podría, como una planta poderosa, envenenar      pero, aun no habiendo otra mujer en la casa, había muchas voces que, desde los distintos rincones, parecían ir todas a su cuerpo y que, si no, callaban cuando hablaba

              había un cortinaje en la ventana

que servía de lugar de retiro espiritual a los niños que, algunas veces, deseaban partir para que la mujer, a cambio, recibiera nuevos amantes

allí copiaban la Subida al Monte Carmelo, de San Juan de la Cruz, reían, oían la voz que leía pausadamente lo que ellos habían escrito y que, al final, hasta les imitaba la risa         hay que saber que un alma    risa     debe generalmente pasar primero por dos noches que los místicos llaman purgaciones

    risa         o purificaciones del alma y a lo que nosotros aquí daremos el nombre de noches       risa       porque el alma camina como de noche y en la oscuridad; hay que decir que para estos niños risa no significa escarnio; por pura y extrema ignorancia, otros niños inventaban tuve en esta sala una silla con la tapicería rasgada por donde se oía el mar, apenas poníamos en ella el oído; ahora los muelles ya están estropeados         el gato de la casa entraba         tú vives en la disyuntiva de ser un gato real o un objeto regio           y los papeles resbalaban al suelo sin que le importase: papeles, niños, amantes, siempre habría San Juan de la Cruz: cuando se levantó porque una niña la llamó al locutorio lugar del jardín por detrás de una pared de la casa, ya sabía que la chiquilla deseaba hablarle; escuchaba tan atentamente lo que ella exponía que, pasadas dos horas, sentía dolores en la nuca y también en el cráneo; le parecía, como siempre que conversaba durante mucho tiempo, que las palabras le caían directamente en los ojos, se los dilataban y ahondaban; la chiquilla quería obtener una respuesta y ella recordaba que no existían precedentes; no obstante, lo iba a pensar, estar con algunos niños y los papeles, y tal vez con San Juan de la Cruz, al que encontraría en cualquier parte.

Oculta por la mesa y siempre dispuesta a escribir, soñó con un grupo de hombres y San Juan de la Cruz, carmelita descalzo, sentado enfrente de un horno, asando carne de cordero; la cabeza empezaba a tostarse, roja, entre vaharadas de olor; se veía, por la fijeza de la expresión, que entraba en la noche oscura y que su libro o sus manos o sus pies estaban ahora echados en la bandeja y atravesaban llamas y circunstancias de resultados imprevisibles. Y que no escribía: había metido el puño dentro de la manga y a través de la transparencia del tejido apenas se reconocía la imagen

de quien pedía que fuese recibido el prisionero; soñoliento en la silla, un humo de tabaco le subía entre los dedos, mientras una mujer daba vueltas a la pulsera alrededor de la muñeca:

nunca más me traigas un mensaje que no sepa decirme lo que deseo. La puerta se cerró con un ligero

movimiento de aire

que agitó el chal

que escribía para buscar el libro; pequeña frase, una vez encontrada, volvió a perderse; levantó la mano para hacer una pregunta ya olvidada; miraron en sentido contrario, la pregunta surgió en la mujer bajo la forma de una sonrisa; dudó en la s, como si fuese a escribir San; del cuerpo de San Juan de la  Cruz canonizado subía el humo y la pregunta, fuego dulce de la muchacha. Apoyó el pelo en el respaldo de la silla mirando para arriba y cuando miró para delante llevaba el ritmo con los dedos a través de un largo camino de contemplación oscura y de aridez; tuvo que recorrer muchas líneas hasta encontrarlo en mitad de la página después de un espacio horizontal en blanco que parecía otra imagen allí en la página.

 
***


Lugar – 1

 

nesse lugar havia uma mulher que não queria ter filos de seu ventre. Pedia aos homens que lhe trouxessem os filhos de suas mulheres para educá-los numa grande casa de um só quarto e de uma só janela; usaba um xaile preto junto de seu rosto; tinha uma maneira distante de fazer amor: pelos olhos e pela palavra. Também pelo tempo, pois desde os tempos de sua bisavó, voltar a qualquer época era sempre possível. A mover-se, olhava por vezes, fixidez um sítio            o mais belo de sua casa             a casa toda           porque toda a casa era bela e começava nesse olhar ora o tempo das crianzas, ora o tempo dos homens. Mulheres, não havia outra, além dela, nunca ultrapassavam a entrada, que dava para a terra, terra de jardim onde se podiam dar passeios. Os homens ficavam contentes porque ela dizia todas as vezes não és tu que me importas, é o seguinte. Certificavam-se, por tanto, de que, no momento antes, haviam sido o próximo. Sentava-se no seu quarto (em toda a parte) e dava-se a palabra sobre o dedo indicador ligeiramente curvado como se servisse um aperitivo ou um peixe. Nunca pensava que talvez se situasse no fragmento de um astro arrefecido ou que poderia, com uma planta poderosa, envenenar            mas, não havendo outra mulher na casa, havia muitas vozes que, dos vários cantos, pareziam todas vira o seu corpo e que se não calavam quando falava

havia um cortinado na janela

que servia de lugar de retiro espiritual às crianzas que, algunas vezes, desejavam partir para a mulher, em troca, receber novos amantes

ali copiavam a Subida do Monte Carmelo, de São João da Cruz, riam, ouviam a voz que lia pausadamente o que elas tinham escrito e que, no fim, até mesmo lhes imitava o riso  é preciso saber que uma alma       riso    debe geralmente passar primeiro por duas noites  a que os místicos chamam purgações        riso             ou      purificações da alma e a que nós aquí daremos o nome de noites     riso             porque a alma caminha como de noite, e na obscuridade; é preciso saber que para estas crianças este riso não significava escarnio; por pura e extrema ignorancia, outras crianças inventavam houve nesta sala uma cadeira de estofo rasgado onde se ouvia o mar, mal lá púnhamos o ouvido; agora, as molas já estão estragadas

o gato da casa entrava            tu vives na alternativa de seres um gato real ou um objecto de realeza        e os papéis resvalavam para o chão sem que se importasse: papéis, crianças, amantes, São João da Cruz sempre haveria: quando se levantou porque uma criança a chamou ao locutorio lugar do jardim por detrás de uma parede da casa, já sabia que a rapariga lhe desejava falar; escutava tão atentamente o que ela expunha que, passadas duas horas, sentia dores na nuca e também no crânio; parecia-lhe, como sempre que conversava durante muito tempo, que as palabras lhe caíam nos própios olhos, os dilatavam e afundavam; a rapariga queria obter uma desposta e ela lembrava que não existiam precedentes; no en tanto, ia pensar, estar com algunas crianças e os papéis, e talvez, com São João da Cruz, que encontraria em qualquer parte.

Encoberta pela mesa e sempre pronta para escrever, sonhou com um grupo de homens e São João da Cruz, carmelita descalço, sentado em frente de um forno, a assar carne de carneiro; a testa começava a broncear, vermelha, entre ondas de cheiro; percebia-se, pela fixidez da expressão, que entrara na noite obscura e que ou o seu livro, ou as suas mãos, ou os seus pés estavam agora deitados no tabuleiro e atravessavam chamas e circunstâncias de resultados imprevisíveis. E que não escrevia: recolhera o punho directo dentro da manga e pela transparencia do tecido reconhecia-se apenas a imagen

de quem pedia que fosse recebido o prisioneiro; a sonoler na cadeira, um fumo de tabaco subia-lhe entre os dedos, enquanto a mulher rodava em torno do pulso o bracelete:

nunca mais me tragas uma mensagem que não saiba dizer-me o que desejo. A porta fechou-se com uma ligeira

deslocação de ar

que agitou o xaile

que escrevia para procurar o livro; pequena frase, uma vez encontrada, voltou a perder-se; levantou a mão para fazer uma pregunta, então esquecida; olharam em sentido inverso, a pregunta surgiu na mulher sob a forma de um sorriso; hesitou no s, como se fosse escrever São; do corpo de São João da Cruz canonizado o fumo subia e a pregunta, fogo doce da rapariga. Apoiou o cabelo no espaldar da cadeira olhando para cima e quando distinguiu em frente ritmada com os dedos a través de um longo caminho de contemplação obscura e aridez; teve que percorrer muitas linhas até o encontrar no meio da página depois de um espaço horizontal branco que parecia uma outra margen ali na página.     
            

© De la traducción y la nota de presentación: Atalaire
© Del texto original: Maria Gabriela Llansol

sábado, 18 de mayo de 2013

ROBERTO A. CABRERA - LA MEMORIA HOLLADA. LEIPZIG, 1999

 
 



LA LUZ RASANTE concede al pavimento una vida inédita. Nadie repara en la superficie que hollan con sus pies a diario. El suelo permanece en silencio, humillado bajo el roce de los pies, bajo el peso de los siglos. Los adoquines fueron labrados por manos anónimas, colocados uno a uno, dispuestos al tránsito de mocasines, zapatitos de niña, botas de militar, muletas, neumáticos. Las bombas desventraron manzanas enteras de viviendas, abrieron cráteres en las calles e hicieron volar el pavimento por los aires. Manos silenciosas recogieron los adoquines desperdigados, los apilaron metódicamente, reuniendo adoquines recientes y centenarios que otras manos colocaron de nuevo en las calles, pavimentándolas, a la espera de las bombas que habrán de regresar para retomar el diálogo del aire con las piedras.
 






 
EL AIRE Y las piedras permanecen. Los hombres no permanecen. Acaso un eco débil de un rumor de pasos, de una muchedumbre de pasos queda, como una pátina melancólica, casi indistinguible, sobre los adoquines. El hombre quisiera plasmar la melancolía de esos pasos, la levedad de esos pies que, aun siendo, ya fueron (y es como si nunca hubieran sido). Pero no está seguro de que la película sea capaz de registrar ese rumor, esa intangible pátina. Pone todo su empeño en fotografiar el adoquinado. A la espera de que los haluros de plata consientan en revelar lo invisible.
 
Los Sauces, 2013
 
______________ 

Roberto A. Cabrera (S. C. de Tenerife, 1971), además de gran escritor, es un apasionado de la fotografía, género que cultiva con la minuciosidad y el rigor de un profesional. Lamentablemente, las restringidas opciones de edición en un blog no permiten apreciar todo el oscuro e inquietante esplendor de estas dos fotos suyas. El diálogo que se establece entre ellas, pertenecientes a una serie "sobre la memoria", y los textos que las acompañan no necesitaría de otros comentarios. Pero por tratarse de la Memoria, he querido añadir a esta pequeña joya un breve fragmento de una obra en actual proceso de traducción, el ciclo novelístico Aniversarios de Uwe Johnson. Desde el momento en que el arduo trabajo de traducción de esta obra me puso ante este fragmento, supe que el primer dedicatario del mismo sería él, Roberto A. Cabrera. 
 
"¡Si al menos la memoria pudiera acoger el pasado en los moldes en los que dividimos la realidad! Pero ese estratificado patrón, moldeado por el tiempo terrenal, la causalidad, la cronología y la lógica, al ser usado para pensar, no es servido por el cerebro, donde se rememora lo que ha sido. (Los conceptos del pensar ni siquiera son válidos en su lugar natural; y con ello debemos llevar una vida). El depósito de la memoria no está preparado precisamente para la reproducción. Hasta la evocación de un hecho se le resiste. Por un impulso, por una mera congruencia parcial salida del mero absurdo, proporciona voluntariamente datos, cifras, palabras ajenas, gestos truncados; pero ponle delante un olor a alquitrán, a podredumbre, a fresca brisa marina, ese tenue olorcillo de la célebre ensalada de pescado de Gustafsson, y pídele entonces que llene de contenidos ese vacío que fue una vez la realidad, la sensación de estar vivos, nuestros actos; verás cómo se negará a llenarlo. Ese bloqueo deja que se filtren retazos,  fragmentos, astillas, vidrios rotos que habrán de cernerse para esparcirse luego sin sentido sobre la imagen indefinida que nos ha sido escamoteada, para que pisoteen el rastro de la escena buscada, dejándonos ciegos con los ojos abiertos. El fragmento de pasado, esa propiedad por presencia, permanece oculto en un secreto, cerrado a cal y canto frente al conjuro de Alí Babá, reacio, inaccesible, mudo y seductor a un tiempo, como un enorme gato gris echado tras los cristales de una ventana, visto desde muy abajo, como a través de los ojos de un niño".
 
© De los textos y las fotos: Roberto A. Cabrera / Del fragmento de Uwe Johnson: Editorial Planeta-José Aníbal Campos




jueves, 16 de mayo de 2013

JACQUES YONNET - JULIA ALQUÉZAR (II)




Rue Mouffetard, París 


El relato «Mina La Gata» forma parte del la traducción de Julia Alquézar Calle de los maleficios, libro del escritor francés Jacques Yonnet. El día 6 de mayo de 2013 publicamos otro fragmento del mismo libro. Alquézar nos ha enviado un texto de presentación de su traducción del relato y las dos fotografías.

***
Cuando el editor de Sajalín, Daniel Osca, me propuso traducir Rue des Malefices, la idea inmediatamente me sedujo, aunque, entonces, no sabía en qué me metía. El libro de Yonnet, que apenas se puede llamar novela, ofrece un testimonio de los años de la ocupación nazi de París. Yonnet, perseguido por los alemanes, se refugia en el único lugar donde sabe que puede hallar cobijo: los barrios bajos de la Rive Gauche de París, poblados por gente pobre, con tabernas llenas de borrachos, donde parisinos conviven con gitanos, inmigrantes, buhoneros dedicados a la venta ambulante y todo tipo de personajes estrafalarios. Los alemanes habían dado aquella zona por imposible, cuyos puntos álgidos de actividad eran la Rue Mouffetard y la Place Maubert, que están rodeadas por callejuelas oscuras y retorcidas. Por desgracia, cuando en mi última estancia a París fui a buscar los lugares donde se desarrollaba el libro que tantas horas de mi vida había ocupado, me encontré con que aquel París descrito por Yonnet ya no existía. De ahí que Rue des Malefices cobre tanta importancia.
 
Mediante un relato a retazos y con un lenguaje único, lleno de argot y giros propios de la jerga de los barrios bajos de esa época, que supuso todo un reto como traductora, compone un retrato global de una ciudad de sombras, magia y maldad, pero donde predomina la solidaridad entre los olvidados, pues a ellos está dedicado el libro. No encontrará el lector el glamour del Petit Paris, ni grandes nombres, sino historias de personajes muy peculiares, con creencias y costumbres propias, que viven al margen. Todos estos personajes o personas pueblan los relatos de Yonnet. ¿Y qué tipo de relatos escribe Yonnet? Si hemos de creerle, simplemente los que ve y vive en ese París negro.
 
Desde luego hay hueco para la lucha política, puesto que el propio Yonnet fue miembro de la Resistencia francesa, pero también lo hay para lo inesperado, lo asombroso y, ante todo, lo mágico. Parece que ese París esté lleno de recovecos mágicos, el tipo de urbanismo completamente contrario al de los Grandes Bulevares, que no dejan nada a la imaginación. Aquí, París desnuda sus partes más ocultas, como el río Bièvre, afluente del Sena y que ahora discurre por túneles dentro de París.
 
Recomiendo al lector que se deje llevar por el personalísimo ritmo narrativo de Yonnet, que se convierta en un compañero más de sus juergas o que ejerza de testigo de excepción a los hechos maravillosos y fantásticos que Yonnet recopila en este libro.
 
El relato que se reproduce a continuación, «Mina La Gata», es probablemente mi preferido de todo el libro, entre otras cosas, porque creo que resume bastante bien la mezcolanza que hace única la obra de Yonnet. No esperen encontrar armonía ni orden. Si renuncian a ellos y a todo tipo de prejuicio, un París distinto se desplegará ante sus ojos y encontrarán, en este caso, a Mina, una mujer, que en un mundo cruel y oscuro, vuelca su ternura en seres indefensos con la esperanza de recuperarlos. Su actitud causará, primero, desconcierto y, luego, cariño entre los cínicos pobladores de las tabernas de la Mouffetard. Su historia emana desamparo y desolación, pero, como el lector descubrirá, en ella se esconden también unas ansias extremas por sobrevivir.
 
Todo ello, junto con un particular sentido de la justicia (en la Mouffe, ningún crimen queda sin castigo) es lo que tienen en común los protagonistas de Calle de los Maleficios. Tal vez los lugares que frecuentaban se hayan perdido para la posteridad, pero gracias a Yonnet sus historias seguirán vivas cada vez que un lector las lea, y el mundo literario que construye se unirá por derecho propio a los demás paisajes míticos de la literatura, que se encuentran en los confines de lo que llamamos realidad. 




Rue Mouffetard, París


MINA LA GATA

Cuando ella apareció, con el paquete bajo el brazo, Théophile, Séverin y yo no teníamos más razones que los demás para estar allí. Un gorro de piel gris, apretado hasta los ojos, la hacía parecer asiática. Un abrigo malo, también gris, con un cuello y bocamangas a juego con el gorro, completaba el conjunto.

Un rostro sin edad, casi sin mentón. Si se miraba con detenimiento, su cara era felina. Sólo una vez que estuvo allí, junto a nosotros, entendimos que aquel encuentro tenía algo de extraño, y que, en realidad, la esperábamos. Nos dimos cuenta de que, debajo de su envoltorio de jirones de tela el paquete estaba vivo. Se quedó de pie, cerca de la entrada. El patrón melenudo—llamado Grospierre, un tipo valiente—la contemplaba con paciencia desde detrás de sus enormes gafas.

Por fin, la chica se atrevió a hablar tímidamente, con una voz aguda y disonante, como un violín chirriante.

—¿No tendría un poco de leche?

—Pues claro que no, mi pobre señora—dijo Grospierre—. ¡Cómo se le ocurre pedir leche en los tiempos que corren! ¡Piense un poco!

Ella soltó un suspiro y levantó el fardo para acercárselo a los labios. Sus gestos, su mirada y aquel suspiro desprendían tanto cansancio y tanta desesperación que todos nos sentimos conmovidos y avergonzados. Grospierre hizo una mueca de hastío:

—Espere un minuto—volvió con un vasito y dijo: ¿fría o caliente?

—Así esta bien...

Los ojos de la mujer brillaban de alegría, pero hacía mucho tiempo que se había olvidado de sonreír. Se sentó, levantó un trozo de tela que envolvía al bulto y dejó al descubierto la cabeza de un gatito asustado. Grospierre, como nosotros, se esperaba ver aparecer la carita de un bebé. Sin indignarse, le dejó hacer.

Con mil precauciones, acercó la leche al animal y éste se puso a lamerla rápidamente. Cuando el gato se acabó la leche, dijo:

—¡Gracias!—Dudó por un momento y añadió—: ¿Puedo quedarme aquí un momento para entrar en calor?

Théophile la invitó a la primera copa. La chica se quedó un buen rato sentada y en silencio. Miraba hacia todos lados con temor, sobre todo a las esquinas oscuras. No se fue hasta que se quedó completamente tranquila.

Volvió al día siguiente, y todos los días después de ese. Siempre llevaba un gato en brazos, pero nunca el mismo. A veces, también iba cargada con una bolsa llena hasta arriba de cosas que nunca enseñaba.

Supimos que su nombre era Mina, que mendigaba y que trabajaba cuando se presentaba la ocasión. Recogía gatos abandonados y los criaba en una cabaña de madera en Gentilly, de donde iban a echarla muy pronto. Ella estaba preocupada sobre todo por sus animales, ya que allí los cuidaba, alimentaba y les consagraba todo su tiempo y su vida.

No sé quién fue el primero que la apodó Mina la gata. Pero era imposible, sí imposible, calificarla de otro modo.

Los habitantes del Trois Mailletz acabaron adoptando a Mina porque la consideraban un símbolo cotidiano de la profunda indiferencia a la que están condenadas las cosas que importan. En voz baja, se habla de las dificultades de los alemanes para avanzar en Rusia, de lo que pasaba en Grecia, en el corte de África, y aquí, por supuesto. Se comentaba tensiones del futuro, las restricciones que habría que temer o la compulsación de los tiques del pan de la siguiente quincena...

Y entonces entraba Mina, acunando a un gatito: todos pasábamos de preocuparnos sólo por la salud del gato y por las circunstancias de su captura. Cada día, todos colaborábamos para darle de comer...

Un día, esperábamos a Mina con cierta impaciencia feliz. Séverin le había encontrado en la casa de Dumont, en la rue Maître-Abert, una buhardilla donde alojarse y donde podría dar cobijo a sus animalitos si los llevaba discretamente y de uno en uno.

Sólo teníamos que conseguir unas cajas de jabón, un poco de serrín y de lejía para realizar una limpieza aceptable, y Mina disfrutaría de un mínimo de tranquilidad. Los dos tragaluces daban al tejado, así que los gatos podrían acceder fácilmente a él y pasárselo de lo lindo maullando a la luna.

En caso de que Dumont, que albergaba (y escondía) a muchos hombres perseguidos, protestara, nos encargaríamos de solucionar las cosas.

Lo esencial era que Mina se mudara.

Por fin, la muchacha llegó. Se sentó como de costumbre y le dimos la buena nueva. Pero no pareció prestar toda la atención que nosotros creíamos que nos merecíamos.

El fardo del día acaparaba su completa atención, y en esta ocasión más que en ninguna otra, también sus preocupaciones y su solicitud. Era un minino pequeño y horrible, pelado, rojizo y tuerto. Y malo, estúpidamente malo, porque arañaba a su benefactora cuando quería darle de beber. Nosotros le aconsejamos que abandonara a su propia suerte a esa bestia ingrata, fea y peligrosa, porque parecía enferma y podía contagiar a sus congéneres, pero nuestros consejos y exhortaciones no sirvieron de nada: Mina, tercamente, nos respondió que se dedicaría a ese animal más que a ningún otro, justamente, porque la rechazaba, pero también porque estaba enfermo y mutilado, y por tanto, era el más desgraciado.

No supimos qué responder...

A la mañana siguiente, Mina se instaló en la rue Maître-Albert. Nosotros la ayudamos a transportar sus pertenencias, sus gatos, y algunos cartones cuidadosamente envueltos cuyo contenido no intentamos averiguar.

Bizinque vino a echarnos una mano y nos prestó su carrito.

Esa misma noche, Mina, agotada, después de haberse ocupado de todos sus animales, pudo tumbarse sobre una cama que consistía en un “colchón” apoyado sobre varias pilas de periódicos. El particular colchón era una tela impermeable doblada en dos, cosida como un saco, que habían rellenado con serrín de madera.

Creíamos haber conseguido que la vida de Mina fuera más tranquila al encontrarle una habitación. Pero, lamentablemente, sus desgracias empezaron ese mismo día. Y una vez más, no se nos puede culpar.

El animalejo rojizo asqueroso fue la causa de todo. Mina estaba empecinada en mimar y consentir a esa bestia, aquejada con total seguridad de un mal que no sabíamos definir. Siempre furiosa y rabiosa, emitía un inquietante y extraño bufido ronco.

Mina se decidió a consultar al veterinario negro (el mismo que había intentado curar al perro de la rue de Bièvre...)

De nuevo, el doctor N... se mostró reservado. Estas fueron sus palabras “este gato tiene intenciones ocultas”. No obstante, lo curó. Con un pelaje más brillante y un aspecto más robusto, la bestia parecía haberse recuperado definitivamente, aunque no se mostraba agradecida a Mina por su paciente devoción. Una vez que volvió a estar de nuevo en pie (o en patas en este caso), se fue por el tragaluz y desapareció por los tejados, sin decir adiós.

Durante días, fue imposible consolar a Mina. Y después...

Después “volvió”. Mina, como cada noche, pasaba el tiempo en la barra de chez Dumont, antes de volver a su habitación. Entró un albañil. O al menos, eso decía él que era. Buscaba alojamiento en el barrio. Era pelirrojo y tuerto.

Pelirrojo y tuerto. Se llamaba Goupil. Goupil, que quiere decir zorro. Igual que Bièvre significa “castor”.

Necesitaría mucha páginas para definir y explicar la naturaleza de la conexión espontánea que se estableció entre Mina y el hombre pelirrojo.

Todos los días, desde esa misma noche, Goupil, entre gatos y paquetes, compartía las comidas de Mina y su lecho miserable. Para nosotros, era simplemente impensable que un ser como Mina, tan alejada de la naturaleza humana que la considerábamos prácticamente una criatura asexuada pudiera embarcarse en una aventura sentimental, aunque fuera platónica. No obstante, era patente e indiscutible. Aquella relación nos causó semejante sorpresa que captó todo nuestro interés y consiguió que nos olvidáramos de los acontecimientos mundiales.

Desde los primeros días de su relación, Goupil se mostró exigente y feroz. Parecía considerar a Mina mucho más como una presa que como una esclava. Trabajaba irregularmente como peón de obra, y afirmaba que le preocupaba que lo contratara una empresa que acabara en manos de los soldados alemanes. Mina, por su parte, asumía la parte esencial de los gastos de aquella unión “inverosímil”. Casi todos los días cargada como de costumbre con paquetes más o menos voluminoso, llegaba a orillas del Sena, que recorría infatigablemente hasta donde estaban los puestos de libros de ocasión. A menudo, hablaba con la gente que se encontraba, traperos en su mayoría. Supimos oir fin cuál era la naturaleza de su actividad: buscaba gangas. Es decir buscaba ciertos objetos, y los compraba para, por supuesto, revenderlos después. Todos tenían una característica en común: eran exclusivamente  representaciones de gatos. Compraba estatuillas, jarrones, mangos de cuchillo y otros utensilios de lo más variopinto. Tenía gatos de bronce, de porcelana, de alabastro, de madera y de cualquier otra cosa que se pudiera ocurrir. Más tarde nos enteramos que entregaba todos sus hallazgos a un rico coleccionista, un personaje, que antes de la guerra, frecuentaba a los teósofos de la sala Adyar. Los marchantes de arte de la rue Jacob lo conocían muy bien: lo llaman el “Hombre-Gato”. Pero al tipo no le gusta que hablen de él.

Aquel pequeño negocio parecía dar sus frutos: Mina vivía mejor, ya no mendigaba y siempre tenía alguna moneda a mano. Cuidaba tranquilamente de sus animales, que habían colonizado el tejado, desierto ahora de palomas, y sobre todo cuidaba de su hombre. La calma sólo reinaba la pocas semanas en las que Goupil disponía de algo de dinero, que sacaba de aquí y allá trabajando a desgana. Así, cuando le venían mal dadas, no dudaba en quitarle el dinero a Mina. Iba a dilapidar las cuatro monedas que conseguía en los burdeles de la Mouffe, después de ordenar a su mujer que vendiera las últimas cosas que le quedaban.

Mina sólo sabía responder a esa abominable actitud con una resignación descorazonadora. Intentábamos en vano separarla de ese hombre horrible. Ella sacudía la cabeza con tristeza, nos miraba extrañada y decía con voz sorda: “¿Entonces, no lo habéis entendido todavía?...”. Sus palabras nos hacían mucho daño.

No podíamos evitar recordar al gato desparecido, pelirrojo y tuerto, como Goupil. El misterio desgarrador que rodeaba la historia de aquella rara coincidencia paralizaba nuestra voluntad hasta el punto de no poder hablar del tema entre nosotros. Trigou huía como de la peste en cuanto Goupil se acercaba: evitaba pasar por delante de su casa y caminar tras sus pasos. Sólo oír hablar de él resultaba odioso. Toda prueba de la existencia de aquel hombre le inspiraba un horror enfermizo.

Séverin espiaba a Goupil de lejos, procuraba estar enterado de sus tropelías y sólo le preocupaba saber cómo iba a acosar a Mina.

En cuanto a mí, intentaba decididamente vencer la repulsión que sentía hacia él para acercarme, intentaba sondearlo y ganarme su confianza. Me había codeado ya con tantos monstruos... Pero no sirvió de nada. Fue una pérdida de tiempo y de dinero, porque en el universo de la Maube, donde todo se licúa, mis únicos intentos de acercamiento consistían en ofrecerle una copa tras otra. Él las engullía sin rechistar, excepto por las palabras malsonantes que me dedicaba en cuanto le daba la espalda. Mi necedad y mi insistencia le sobrepasaban, él respondía con gruñidos, muecas y a veces con una sonrisa malvada.

En Navidad, pasamos por una mala racha. Por diferentes razones, Séverin y Théophile tuvieron problemas con la ley.

Yo todavía no tenía trabajo estable y el estado mayor londinense me hizo llegar, en lugar de las ayudas previstas en billetes de banco, un cheque negociable en Argel (...¡!).

Hasta entonces, habíamos ayudado a Mina en todo lo humanamente posible, aunque sabíamos que Goupil era el primero que se beneficiaba de lo que nosotros nos privábamos con gran esfuerzo.

Lo último que se había sabido de Londres era que se iban a entregar muy pronto mil (sí, mil) cartillas de racionamiento en blanco, admirablemente copiadas del modelo que les había hecho llegar. No obstante, en lugar de usar el papel infecto en el que se imprimen aquí, nos lanzaron en paracaídas unas magnificas cartillas impresas en un magnífico papel Bristol... Mejor dejémoslo estar.

El holgazán y cínico Goupil se volvió brutal al no poder beber tanto como quería. Pegaba a Mina cuando volvía a casa con poco o nada de dinero. Y nosotros, miserables, no podíamos hacer nada. Al periodo de las palizas, que Mina soportaba sin abrir la boca, le siguió otro de atrocidades muy bien pensadas. Una noche, Goupil, además de las ansias de vino tinto, sintió también que tenía hambre. Dumont le había advertido y amenazado en la portería de que se las tendría que ver con él si seguía maltratando a Mina. Goupil no respondió. Sin decir ni pío, subió las escaleras y agarró un gato, el más dulce y confiado, lo encerró en un viejo saco y ató una pesada piedra alrededor. Después lo tiró al Sena.

Cuando supo de esta monstruosidad, Mina se enfadó muchísimo y dio rienda suelta a su cólera desesperada. Goupil se volvió loco. Tuvimos que arrancar a Mina de las garras de la bestia y ocultarla en el barrio de la Glacière, en casa de un herrero pobre, pero amistoso.

Entonces, Goupil empezó a aterrorizar a todo el mundo. Nadie se plantaba llamar a la policía. La gente aguantaba al demente y cada uno esperaba que llegara rápido el ineluctable fin de la tragedia.

Esta situación duró quince días. Cuando Goupil se cansaba de buscar a Mina, volvía a casa al anochecer y ahogaba a un gato, o tal vez a dos. A los dos últimos se los comió y vendió sus pieles.

Un mediodía, cuando Mina imprudentemente había ido a Les Halles a rebuscar entre las basuras, Goupil se le echó encima. La molió a palos y la arrastró cogiéndola del brazo hasta su casa medio inconsciente. La encerró con una cadena  y se fue a matar el tiempo en la calle sin perder de vista la entrada del edificio.

Volvió más tarde.

Un poco después del toque de queda, el ruido de una terrible pelea despertó al vecindario. Goupil y Mina estaban enzarzados en una lucha sin cuartel. La gente observaba el tejado desde sus ventanas.

La lucha cesó con un largo quejido.

El viejo Tacoine, que vive enfrente, afirmó haber visto a un animal amarillo—aunque dice que no podría asegurar que fuese un gato grande—huyendo por el tragaluz.

Por la mañana, Dumont, al que Séverin y yo habíamos acompañado, forzó la puerta. En medio del increíble montón de cajas rotas, de jirones, de inmundicias de todo tipo, no encontramos ni a Goupil ni a Mina. Sólo a una gata gris, tiesa, colgada de los montantes.

En sus garras crispadas había matas de pelo rojo. Recogí con cuidado eses pelos y le di una parte a mi amigo de la infancia B..., peletero del barrio. Él me dijo:

—Es pelo de zorro.

Me lo volví a encontrar antes de ayer y me volvió a decir:

—De hecho, han arrancado esta mata de pelo de una piel no curtida. En mi opinión, pertenecía a un animal vivo.

En varias ocasiones he intentado relatar esta historia. No sé qué sentimiento de repugnancia, qué inconsciente aunque irresistible consigna me obligó a cambiarla y convertirla en un cuento medieval. Tampoco sé qué me empuja a escribirla hoy, sin poder releerla. Sigue resultándome demasiado penoso.

Olvidaba algo: me encontré un día al doctor N..., el que sabía cosas y que había dicho que el gatito malvado “tenía intenciones ocultas.” La bondad de ese hombre, sobre todo con los animales, es legendaria. Me miró desconfiado y afligido a la vez. Abriendo su puerta de par en par me dijo: “Ocúpese de lo que le concierne”.

© De la traducción y del texto de presentación: Julia Alquézar

domingo, 12 de mayo de 2013

ÓSMOSIS (XVII) - JOSEPH MULLIGAN







El poeta, traductor, narrador y ensayista estadounidense Joseph Mulligan nació en Batavia, Nueva York, en 1981. Ha traducido al inglés obras de Oliverio Girondo (Persuasion of the Days), César Vallejo (Trilce, Escalas y Contra el secreto profesional, éste último publicado por Roof Books en abril de 2011), Alejandra Pizarnik (Árbol de Diana, Extracción de la piedra de la locura y El infierno musical) y Jorge Eduardo Eielson (Mutatis Mutandis, Noche oscura del cuerpo, De Materia Verbalis, Celebraciones, Ceremonias solitarias, PTYX y Sin título).
 
En la actualidad trabaja en la traducción al inglés del El anticuario, de Gustavo Faverón y, junto con Mario Domínguez Parra, en la traducción al español de una selección de poesía y prosa de Pierre Joris.
 
Su primer libro de poemas, Lo: Poems and Translations (Jhire Grafel, Lima), se publicó en 2005. La sección final contiene su traducción de quince poemas de Trilce. Su libro de poemas The Geometry of Leisure está pendiente de publicación. Escribió, junto con Renzo Roncagliolo, la novela corta Am I Falling? Mantiene un blog, The Smelting Process: http://jwmulligan.wordpress.com/.


***

 
1) ¿Qué importancia tuvieron, en su formación como escritor, las traducciones de obras de otras lenguas y ámbitos culturales?
 
La importancia de las traducciones en mi desarrollo como escritor ha sido equivalente. Quizá sea porque a una edad temprana encontré ejemplares escondidos (prohibidos) de las novelas de Hesse, cual polizones, que ya no eran apropiadas para la educación pública, en la sala de profesores del departamento de inglés de mi no tan innovador instituto, o quizá porque, apenas un poco después me hice amigo de la bibliotecaria –de apellido Samuelson, muy generosa y abierta de mente– que se entusiasmaba cuando mandaba a pedir libros que yo solicitaba, porque en un pueblo del Cinturón del Óxido, de 15000 habitantes, semejantes peticiones eran escasas y muy espaciadas. ¿Mis peticiones? Solitudes Crowded with Loneliness, de Bob Kaufman, y Gasoline, de Gregory Corso. A ver, estas obras, claro está, no eran traducciones, pero fue la sensibilidad de estos dos poetas con frecuencia ignorados la que prendió mi atención hacia un mundo literario más allá de las fronteras del canon que había sido impuesto sobre mi curiosidad literaria y más allá de las fronteras de la literatura escrita en inglés. Si algo me enseñaron los Beats, fue a ser un lector sin miedo.

 
Luego, a mis veintipocos me abalancé sobre la lengua española y la literatura hispana, rastreando las obras de Vicente Huidobro, Oliverio Girondo, Federico García Lorca, Pablo Neruda (aunque este último sólo durante un par de meses, porque me di cuenta rápidamente de algo: ¿por qué leer a Neruda cuando puedo leer a Whitman?), Xavier Villaurrutia, Alejandra Pizarnik y, naturalmente, César Vallejo. Ya con estas lecturas a cuestas, estudié también en SUNY Albany (State University of New York, en Albany) con Pierre Joris, Ernesto Livon Grosman y Rodney Patterson, todos traductores de diferentes lenguas. Así, rápidamente comencé a ver la traducción per se –y no la traducción de un solo escritor o de una sola obra– como el camino más lógico para mi avance en la escritura. También comencé a ver la inevitabilidad de la traducción, porque pertenezco a aquéllos que creen que toda escritura es traducción, que en todo acto de escritura estamos, consciente o inconscientemente, poniendo en contraposición una infinidad de expresiones lingüísticas que vinieron antes que nosotros, y que este hecho, al contrario de lo que se supone normalmente, no disminuye la sinceridad de la expresión artística, sino que más bien la eleva con un sentimiento de solidaridad. La literatura como traducción asciende, sin importar cuán profunda sea la sima que desentrañe, porque se sostiene sobre los hombros de las obras que llegaron antes que ella.
 
2) ¿Qué traducciones recuerda como las que más contribuyeron a crear su propio estilo?  
 
Las traducciones incluidas en Poems for the Millenium I-II me proporcionaron sólidos cimientos para revisar las ganancias y las pérdidas de la literatura moderna de Occidente y para comenzar a considerar las urgencias de mi generación y las formas más efectivas de referirse a estas urgencias. Recuerdo haber hojeado esos tomos enormes, seleccionando poetas cubistas y surrealistas cuyas obras me parecieron espectaculares, como las de Reverdy y Breton, que entonces comencé a imitar, llenando cuadernos de apógrafos y malos plagios, decidido a descubrir el método que estos escritores utilizaban para crear imágenes que parecían rayar en lo cinematográfico. Sólo después de una década con Vallejo, al que también leí en esa colección, aprendí a ver los inconvenientes del catecismo estético y las formas en que, finalmente, los dogmas literarios atrofian las aspiraciones artísticas.  
 
Además, Shaking the Pumpkin y Technicians of the Sacred, de Jerome Rothenberg, volvieron del revés mi noción de la forma poética y me hicieron abrir los ojos ante una riqueza de recursos literarios que yacían enterrados bajo el mismo suelo sobre el que yo caminaba, dotando a la noción de «lo primitivo» de nuevos y fructíferos sentidos y posibilidades. La obra de Rothenberg guió de manera orgánica mi interés hacia la América Precolombina, especialmente y, quizás accidentalmente, hacia la iconografía mochica desenterrada a las afueras de Trujillo, en Perú. Recuerdo ver por vez primera la figura del degollador, el ejecutor ritual del sacrificio humano, que con frecuencia se representa en lo alto de unas escaleras que llevan a las olas; y reconocer la virtualidad poética que parecía haber estado esperando a ser descubierta durante cientos de años. La obra de Rothenberg me mostró la riqueza que ostenta la antropología para la creación poética y la relación íntima entre las imágenes más antiguas conocidas por el hombre y las posibilidades de rejuvenecer esas imágenes de acuerdo con las necesidades personales y sociales de los tiempos que corren.  
 

***
 

1) What was the importance of translations of works from other languages and cultural scopes in your development as a writer?


The importance of translations in my development as a writer has been tantamount. Perhaps this is because at an early age I found hidden (forbidden) copies of Hesse’s no-longer-suitable-for-public-education novels stowed away in the English department’s faculty room at my less-than-innovative high school, or perhaps because, shortly thereafter I became friends with the librarian there — a very generous and open-minded bibliotecaria Samuelson — who was thrilled to order books that I requested, since in a rust-belt town of 15,000, such requests were few and far between. My requests? Solitudes Crowded with Loneliness by Bob Kaufman and Gasoline by Gregory Corso. Now, these works, of course, were not translations, but it was the sensibility of these two oft-overlooked poets that turned me on to a world of literature beyond the borders of the cannon that had been imposed on my literary curiosity and beyond the borders of English-language literature. If the Beats taught be anything, it was to be a fearless reader.

Then, in my early twenties I threw myself into the Spanish language and Hispanic literature, scouring the works of Vicente Huidobro, Oliverio Girondo, Federico García Lorca, Pablo Neruda (though, this last one only for a couple of months, because I quickly realized, why read Neruda when I can read Whitman?), Xavier Villarrutia, Alejandra Pizarnik, and naturally, César Vallejo. Compounded with these readings, I also studied at SUNY Albany under Pierre Joris, Ernesto Livon Grosman, and Rodney Patterson, all translators of different languages. Thus, I quickly began to see translation itself — and not the translation of a single writer or work — as the most logical path for my drive in writing. I also began to see the inevitability of translation, since I belong to those who believe that all writing is translation, that in every written act we are consciously or unconsciously playing off an infinity of linguistic expressions that came before us, and that this fact, contrary to common suppositions, does not diminish the sincerity of the artistic expression, but rather raises it up with the sentiment of solidarity. Literature as translation ascends, no matter how deep the pit it fathoms, because it is supported on the shoulders of the works that came before it.


2) Which translations do you remember as having contributed most to create your own literary style?

The translations included in Poems for the Millennium I-II provided solid foundation for me to review the gains and losses of modern literature of the West and to begin to think about the urgencies of my generation and the forms that would be more effective for addressing these urgencies. I recall thumbing through those massive tomes, singling out Cubist and Surrealist poets whose works I found to be spectacular, such as those of Reverdy and Breton, which I then went on to imitate, filling up notebooks with apographs and bad plagiaries, determined to discover the method those writers were using to create imagery that seemed to verge on the cinematic. Only after a decade with Vallejo, who I also first read in that collection, did I learn to see the pitfalls of aesthetic catechism and the ways in which literary dogmas ultimately stunt artistic aspirations.

Additionally, Rothenberg’s Shaking the Pumpkin and Technicians of the Sacred turned my notion of the poetic form upside down and got me to open my eyes a wealth of literary resources that lay buried under the very ground I walked on, endowing the notion of “the primitive” with new and fruitful meanings and possibilities. Rothenberg’s work organically guided my interest to pre-Columbian America, especially, and perhaps accidentally, to the Mochica iconography unearthed outside of Trujillo, Peru. I recall viewing for the first time the figure of the degollador, the ritual practitioner of human sacrifice, who is often represented atop a stairway that leads to the waves, and recognizing the poetic virtuality that seemed to have been waiting to be discovered for hundreds of years. Rothenberg’s work showed me the richness that anthropology holds for poetic creation and the intimate relation between the oldest images known to man and the possibility of rejuvenating those images in accordance with the personal and social needs of our times. 
 

© De las respuestas: Joseph Mulligan
© De las preguntas: ARTE-SANÍAS
© De la traducción de las respuestas: Mario Domínguez Parra